El reporte climático de la Naciones Unidas, publicado en el 2018, confirmó lo que por años se había previsto: nuestras comunidades y ecosistemas se encuentran en peligro a causa del calentamiento global. A medida que el cambio climático se vuelve una realidad, Latinoamérica se verá confrontada con innumerables desafíos, como lo son: la falta de alimentos y agua, eventos climáticos impredecibles y de mayor intensidad y la devastación de la biodiversidad. El día de hoy, ya podemos ver evidencia de este cambio, por ejemplo, en el derretimiento de glaciares Andinos a lo largo de Venezuela, Chile, Colombia, Perú y Bolivia. De acuerdo con expertos, se debe actuar de inmediato sí se busca evitar un incremento global de más de 1.5°C. Desafortunadamente, y a pesar de la gran abundancia de recursos naturales de los cuales dependemos y los cuales se verán afectados por el cambio climático, en Latinoamérica, hay escaso apoyo y consideración por el desarrollo científico.
Una causa importante de este subdesarrollo es la falta de educación, particularmente, la relacionada con la ciencia. En promedio, América Latina dedica 31% del gasto público en educación, el cual va del 2% del PIB en República Dominicana a un sorprendente 12.8% en Cuba. La poca inversión resulta en un mal desempeño escolar, de acuerdo con evaluaciones internacionales, desigualdad en la calidad de estudios y aulas con insuficiente infraestructura para el aprendizaje científico. Por otro lado, aun cuando América Latina cuenta con un porcentaje de escolaridad alto en nivel primario (92%), éste se desploma en el nivel secundario y educación superior, lo cual resulta en una carencia de técnicos y científicos profesionales. Las tres economías más grandes de Latinoamérica como Brasil, México y Colombia reportan cifras desalentadoras en cuanto al estudio superior de las ciencias. El año pasado, por ejemplo, se reporta que, en Colombia, 3 de cada 10 estudiantes cursaron una carrera científica, con un bajo porcentaje de mujeres (35%). En México, se reporta que el porcentaje de estudiantes que cursan carreras científicas a nivel universitario es de 5.2% con un alarmante 8% de mujeres. Altamente contrastante, son los datos de otro país en desarrollo, China, en donde aproximadamente 47% de egresados cursaron carreras relacionadas a la ciencia, cifra mayor aún, que el número de egresados de la Unión Europea (30%).
No podemos atribuir el poco desarrollo científico y tecnológico únicamente a la falta de educación; existe también un abandono de la ciencia por parte del Estado en cuanto al desarrollo de políticas y proyectos de interés público. Es preocupante que México se enfoque nuevamente en los combustibles fósiles en vez de en el desarrollo de energías sustentables. Igualmente lo es, que el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, cambie radicalmente décadas de políticas de conservación del Amazonas en favor de la ganadería y la explotación forestal. Un argumento a favor de este tipo de políticas es que no contamos con la suficiente capacidad o tiempo para desarrollar mejores tecnologías, por lo que se deben crear beneficios a corto plazo. Sin embrago, con excepción de Brasil, el resto de América Latina cuenta con un gasto público de menos del 1% del PIB dedicado a la ciencia, por lo que cualquier desarrollo científico o tecnológico es prácticamente imposible. Al mismo tiempo, los obstáculos burocráticos con los que se enfrentan frecuentemente los investigadores limitan la capacidad de proponer y desarrollar tecnología que pueda ser utilizada para el bien público. ¿En qué resulta todo esto? En un ciclo vicioso en donde, la falta de capacitación adecuada y poca inversión gubernamental limita el desarrollo científico y contribuye a la fuga de cerebros latinoamericanos a otros países.
En los últimos años, América Latina ha sufrido cambios sociales y económicos drásticos, causados en su mayoría, por gobiernos corruptos, violencia impune y desigualdad social. El cambio climático va a exacerbar estos problemas. Según un reporte de la ECLAC, en el sector de agricultura -clave en la producción de alimentos en toda la región-, se pronostica una cantidad de producción insuficiente a causa del incremento en temperaturas. Adicionalmente, la disponibilidad de agua se verá severamente afectada por los patrones impredecibles de precipitación; mientras que, en ciertas regiones, habrá un surgimiento de enfermedades transmitidas por vectores debido a temperaturas muy altas. Debido a la elevación del nivel de mar de 26 a 55 cm, más gente se verá forzada a migrar a ciudades en el interior del continente o a tomar el largo camino a Estados Unidos, el cual se ve más y más hostil ante la migración. Latinoamérica ya no puede darse el lujo de ignorar a la ciencia, ni subestimar su importancia. De hecho en más de un caso nos conviene no hacerlo. Por ejemplo, la ONU estima que América Latina se ahorraría US$ 621 billones si hubiera cero emisiones netas de carbono en los sectores de transporte y energía. Igualmente se estima que para mediados de esta década habrá una gran demanda a nivel global por profesiones relacionadas con ciencia, ingeniería y tecnología.
Tomando en cuenta estos gravísimos problemas, es evidente que debe haber un cambio social y económico para mitigar los efectos del cambio climático. Sí, pero también para impedirlos. Será necesario invertir en la educación científica y el desarrollo profesional de investigadores, crear políticas con fundamentos científicos y usar la ciencia como una herramienta con la cual combatir la desigualdad. ♦