Si hay una tradición de la cultura latinoamericana que ha logrado ser representativa y singular es sin duda la celebración mexicana del Día de los Muertos, por sus particularidades, sus raíces ancestrales y su rica simbología.
Una celebración que se remonta a la era precolombina y que cuenta con más de 3.000 años de historia. En la tradición Mesoamericana, de donde datan sus orígenes, hay recogidas casi una decena de festividades dedicadas a los muertos. La que acabó convirtiéndose, tras la llegada de los españoles, en la que hoy nos ocupa, “se extendía durante dos meses, de 20 días cada uno, que era lo que duraba un mes. El primer mes era dedicado a los niños y el segundo a los mayores”, explica Gitti Rattay, antropóloga austriaca especializada en Etnomedicina, quien residió en México durante ocho años y quien desde el 2008 organiza una de las dos más importantes celebraciones en Viena del Día de los Muertos.
Con la llegada de los europeos y el catolicismo, se modificó la fecha para hacerla coincidir con el Día de Todos los Santos, y así pasó a celebrarse en Noviembre, y no en Agosto, que era cuando los Aztecas, Mayas o Totonacas, entre otras comunidades indígenas, celebraban su principal festival dedicado a los muertos.
De sus orígenes conserva una rica simbología y el carácter positivo y alegre a la hora de honrar a los muertos que tanto llama la atención en otros países.
Debido a esa riqueza y singularidad, la UNESCO otorgó en 2008 el reconocimiento a esta celebración de ser Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por ser “una de las representaciones más relevantes del patrimonio vivo de México y del mundo, y una de las expresiones culturales más antiguas y de mayor fuerza entre los grupos indígenas del país”.

Cada año, el pan de muerto y las calaveritas (dulces típicos de esta celebración), las flores, predominantemente amarillas como la de Cempasúchitl que recuerdan que el difunto conserva un lugar en el Todo, y como no, los altares, vuelven a México. Y además, con una gran acogida, también en Viena. “El evento tiene un mensaje global y universal que a todo el mundo transmite y da algo”, señala Rafael Donnadio, mexicano residente en Viena que hace ya casi dos décadas decidió que Viena merecía también su altar en el Día de Muertos.
Tanto este mexicano amante y gran conocer de la cultura latinoamericana, promotor incansable de la misma en Austria, como Gitti, quién decidió regresar de México para difundir los conocimientos allí recibidos (dirige rituales y seminarios e imparte conferencias) son impulsores y responsables de que Viena celebre su Día de los Muertos por todo lo grande con dos propuestas diferentes pero no por ello ninguna menos sugerente.
Simbolos de la fiesta "Día de los Muertos"
La catrina: “La dama de la muerte” es la imagen mexicana sobre la muerte. La Catrina fue creada por artistas mexicanos para hacer una representación metafórica de la alta clase social de México, que prevalecía antes de la Revolución Mexicana. La Catrina, con su personalidad traviesa, simpática y coqueta invita a vivir con plenitud cada momento, y a través del día a día, encontrar el sentido de la vida. No sólo las mujeres, los hombres también se dejan pintar la cara como un catrín.
El Pan de muerto: Es un panecillo dulce que se hornea en diferentes figuras, se hace con formas simples, redondas o con forma de cráneos, adornado con figuras del mismo pan en forma de hueso, espolvoreado con azúcar.
Ofrenda y la visita de las almas: Se cree que las almas de los niños regresan de visita el día primero de noviembre, y las almas de los adultos regresan el día 2. Se elaboran altares en las casas, con ofrendas como comidas, dulces, pan, agua, mezcal, tequila, pulque o atole, cigarros, fotos y velas y otros.
Flores: Familiares de muertos limpian y decoran las tumbas con coloridas coronas de flores de rosas, girasoles, entre otras, pero principalmente de Cempaxóchitl, las cuales se cree atraen y guían las almas de los muertos.
Color amarillo: El color de la muerte en el México prehispánico era el amarillo. Por ello, la flor de cempasúchil es utilizada tradicionalmente en la ofrenda del Día de Muertos.
Azucar roja: El azúcar pigmentada con colorante rojo, utilizada para recubrir una de las variedades de pan de muerto, fue idea de los colonizadores españoles para disuadir simbólicamente a los indígenas y hacerlos renunciar a los sacrificios humanos en honor a sus dioses.